La noche del cazador

escritos desde el cine

The Other Side, de Roberto Minervini, Italia, 2015. *

 

the other side

 En la claridad

No hay avenidas ni puentes ni rutas. No hay motos ni bicicletas ni colectivos, pero sí un par de autos. No hay cotidianeidad laboral ni fiestas familiares ni partidos de ninguna clase -beisbol, basketball y demás. No hay tiendas de ropa ni supermercados ni ferias. No hay radio ni aparatos de tv ni celulares. No hay bancos. No hay policía. La pequeña comuna de Bawcomville ubicada en la pequeña ciudad de West Monroe ubicada en el estado de Luisiana casi parece no existir, apenas una austera celebración del día de la independencia de los EE.UU. y apenas el interior de un bar de pole dance como espacios públicos más o menos identificados. Y el bayou, obviamente, quizá el único lugar reconocible y transitado en el film de Minervini a quien no le interesa, evidentemente, sugerir nada más allá de aquello que dicen y muestran sus personajes, que ya es bastante, por cierto. Sin fuera de campo y sin planos de transición The Other Side es un objeto extraño compuesto de escenas vinculadas entre sí sólo por la relación que existe entre aquellos que conforman una suerte de familia ampliada con un epicentro más o menos reconocible -la pareja de yonkis conformada por Mark Y Lisa- y conducido, en su primera parte, por el protagonismo casi excluyente de Mark, un dealer ocasional que se las arregla como puede para sobrevivir no tanto en un mundo a la deriva sino en un mundo que es una deriva, absolutamente cerrado sobre sí mismo y sin ningún horizonte posible que insinúe, al menos, un rumbo distinto en la vida de estas personas por fuera de su destino finalista: la cárcel, las drogas y el alcohol, pelear en una guerra por la libertad de su país. A lo largo de toda la secuencia en la cual dos o tres veteranos de guerra -todos borrachos, por supuesto- discuten acerca de quién podría ser el político adecuado para cambiar este estado de cosas, el único nombre que se menciona es el de Hillary Clinton, una mujer blanca, al igual que ellos, y no Obama, un negro que sólo ha empeorado su situación. Y también la de los propios negros, como le dice Mark al adolescente que lo ha acompañado a lo que podría ser una escuela, o un centro de salud o de recreación o todo esto junto a la vez, para robar anfetaminas señalando con un puntero esos carteles bien intencionados, al parecer universales, en los cuales se detallan con frases y fotos los pasos a seguir para ser un buen emprendedor y un mejor ciudadano. No importa en absoluto si este discurso político suena inocente, poco profundo, no del todo cierto; importa quienes lo pronuncian y porqué. Y quienes lo pronuncian son los white trash sureños, los blancos pobres casi sin educación. Los mismos que en un festejo navideño al aire libre, comiendo en platos de plástico y bebiendo en vasos de cartón, desean que Obama se ocupe de los desamparados para todos aquellos que no tienen ni siquiera un techo. Los mismos que viven en trailers o en precarias casas de madera y no pueden pagar la luz porque el poco dinero que tienen lo utilizan para drogarse y emborracharse. Sin embargo, a pesar de esto, y de varias escenas difíciles de digerir como la de Mark inyectándole heroína a una embarazada a la cual en la secuencia posterior vemos bailar en un bar para ganarse unos pesos, o la del  viejo Jim  volteando el carrito donde está su nieta cuando intenta acariciarla porque no se puede mantener en pie a causa de su borrachera, Minervini no conduce esta parte del film por el fácil camino de la empatía conmiserativa y mucho menos con el afán de mostrar cuan miserable pueden llegar a  ser la conducta de estas personas atrapadas, literalmente, en un círculo vicioso. Ni pena ni ruindad, tampoco el desamor bajo ninguna de sus formas, porque ahí están las escenas en las cuales Mark visita a su madre y luego a su abuela, paseándose con ellas tomados del brazo y acariciando sus manos y abrazándolas quizá por última vez. Y la escena al borde del pantanoso río donde Mark le coloca un anillo de compromiso a su novia Lisa, y el plano en contrapicado de ambos sentados en el techo del trailer meciendo las piernas, mirando el paisaje, diciéndose nada. Y el plano frontal -el único en todo el film- del viejo Jim, veterano de la guerra de Vietnam probablemente, sentado en el porsche de su casa junto a su nieto que tiene entre sus ropas un cachorro, acariciando la cabeza del pequeño mientras le dice que él va a enseñarle como volver a casa; y se entiende muy bien que quiere decir con esto.

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Ya en la segunda parte, que en realidad es un tercio del total, aunque con planos un tanto más abiertos y para nada intimistas en esta ocasión, el registro se mantiene completamente alejado de cualquier pretensión narrativa más o menos convencional. El sentido de un puzzle inacabado continúa pero el film se pliega aún más centrándose exclusivamente sobre un grupo de paramilitares, o con pretensiones de serlo,  que se ejercitan periódicamente  para enfrentar una supuesta intervención de la ONU -ideada por Obama- en los EE.UU. con fines nunca del todo claros salvo coartar sus libertades civiles, claro está. Su campo de entrenamiento es el bayou y están comandados por un veterano de la guerra del Golfo, probablemente, que no sólo los adiestra militarmente sino también ideológicamente: su objetivo excluyente debe ser proteger la familia propia y la de sus compañeros porque no hay nada que los Estados Unidos de Norteamérica deban hacer para cambiar el rumbo de civilizaciones mucho más antiguas que la breve historia de nuestro país, nada podemos enseñarle, no hay nada que tengamos que hacer allí, el enemigo externo ya no existe más y nunca existió en realidad; el interno está por sobrevenir. Este discurso, aunque apoyado a la vez por una fantasía delirante y el más elemental sentido común es, no tan paradojalmente, lo único sensato que se puede ver (escuchando) en esta segunda parte, el resto es un compendio de secuencias rozando el grotesco y la estupidez, como aquella en la cual una mujer portando una máscara de Obama en su rostro le practica una fellatio a su compañero en el medio de una descontrolada fiesta en el río, o una larga escena en la que después de matar a un jabalí encerrado en un corral e inmovilizado por los perros alguien del grupo de los matarifes le ofrece un testículo del pobre bicho a una de las mujeres sentada en un auto y esta lo toma con una de sus manos pero no sin cierto resquemor, hay que decirlo. Y no es necesario describir detalladamente la escena en la que acribillan y vuelan por los aires un auto ya en desuso con la máscara de Obama en el asiento trasero. Hay más ejemplos pero ya son suficientes.

Un grupo de blancos pertenecientes a la pequeña burguesía rural -por distinguirla de la típica middle class citadina de las ciudades-y un grupo aún más reducido de blancos pobres comparten un mismo territorio sin tener ningún tipo de relaciones entre ellos. Entonces, ¿Cuál es ese otro lado al que alude el título del film? La respuesta más evidente: los dos grupos, la Norteamérica invisible, el sur de Faulkner pero sin negros, aquella que nadie, o casi nadie, quiere ver aunque todos sepan de su existencia. Tal vez así sea pero quizá el otro lado, aquel verdaderamente significativo, sea la primera parte de The Other Side, el otro lado de la segunda parte. No la de aquellos que viven inmersos en una fantasía conspirativa para no mirar sino la de estos que se encuentran al borde del abismo y se atreven a mirarlo. Hay una inmersión en el orden de lo onírico cuando Mark toma una canoa y navega solitaria y cadenciosamente por el río. Hay un hálito de esperanza cuando Brooke recibe como único regalo de Navidad una muñeca ya usada sin el vestido completo (una Barbie, creo) con un gesto entre pudoroso y agradecido. Pero ese paseo reparador es tan sólo un paseo y esa muñeca por vestir es tan sólo una muñeca. Son necesarios algo más que estos fugaces instantes de comunión con uno mismo y de sueños por venir para que Mark se desintoxique y Brooke pueda ir a la universidad a estudiar diseño. Ambos los saben, ahora nosotros también lo sabemos. Un director de cine ha corrido un tanto el velo que oculta la vida de los otros para que esto suceda. Es doloroso. Es profundamente humano.

Fernando Luis Pujato

*Publicado originalmente en revista Cinéfilo, 32.

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Esta entrada fue publicada el noviembre 7, 2017 por en Críticas.
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